Visitar la bodega Peñaflor de los hermanos Pulenta es ir de sorpresa en sorpresa. En el inmenso patio se ven edificios, galpones para recibir y enviar mercaderías, oficinas, en el fondo un desvío del ferrocarril con vagones-tanques para ser cargados de vino. ¿Pero dónde está la bodega? Abajo, me dice mi guía, el enólogo Ernesto Amprimo. Tomamos un ascensor y bajamos. Bajamos la altura de varios pisos. Al salir al pasillo veo filas de toneles perfectamente barnizados, un piso antirresbaladizo colorado, azulejos que cubren toda la altura de las piietas, caños fijos que corren a lo largo de las paredes. Ni pizca de olor a vino. Es a la vez una cripta y la catedral del vino, exclamo.
Riesling renano: elaborado en blanco en cubas de madera de 100 hectolitros. Estacionamiento: 4 años. Buen vino blanco. Ya tuve oportunidad de decir que, a mi parecer, los blancos no necesitan de la madera ni de un estacionamiento prolongado. Cuestión de gusto personal pero que coincide con una tendencia cada vez más generalizada.
El prestigio del popular “Toro” hace olvidar los vinos finos. Sin embargo éstos tienen también una legítima reputación. Ya que el jefe del departamento de enología estaba de acuerdo con los datos del librito del I.N.V, voy a conformarme con repetir sus indicaciones. Pero antes debo precisar que si Giol recibe vinos de todos los acimut de la provincia para los vinos de mesa, al contrario, elabora sus vinos finos únicamente con las uvas de sus propios viñedos conducidos en espalderas de tres alambres y situados en el distrito de Maipú, donde crecen en suelo arenoso-arcilloso, poco profundo, con subsuelo pedregoso. Gozan además de un clima templado, seco, luminoso, frío en invierno, algo caluroso en verano.
El hielo se había derretido y charlamos un largo rato. Supe así que, además de su bodega de Mendoza, Giol alquila otras en toda la extensión de la provincia, desde Las Heras, al norte, hasta General Alvear, al sur. Veinte establecimientos, algunos años 45, muelen uva, en tiempo de vendimia, por cuenta de Giol. Pero todos los vinos elaborados son transportados después a la bodega central de Maipú. Aquí se cortan, se tipifican, se ensamblan para lograr una perfecta homogeneidad. De allí, sale el popular “vino Toro”, seco para el interior del país, desgraciadamente abocado al 4 por ciento para la zona del gran Buenos Aires, lo que me impide tomarlo porque soy determinado adversario de los vinos de mesa abocados. Considero que el “Toro” es uno de los mejores vinos comunes. Lo prueba el hecho que Giol exporta, cada año más, vino de mesa a Suecia donde tiene una firme clientela.
Debía ver al señor Ignacio Molina Guiñazú, jefe del departamento de enología y toda una autoridad en el mundo vitivinícola de la provincia. La amable y comprensiva ayuda de una secretaria a quien le gustaba este pegadizo acento francés que no logré perder a pesar de años y años de presencia y de trabajo en varias zonas del país, me permitió penetrar, sin esperar demasiado, en la oficina del señor Molina Guiñazú. Me miró con cara de pocos amigos y me preguntó con un tono que me hubiera impresionado si mi larga carrera periodística no me hubiese curado de espanto.
“A gran señor, gran honor”. Giol ya no es la bodega más importante de la Argentina a pesar de su capacidad de 750.000 hectolitros. Pero es la bodega provincial que regulariza el precio de la uva. En este sentido su papel es primordial. La bodega-madre, ubicada en el distrito de Maipú se compone, en realidad, de dos bodegas, la bodega de expedición situada en General Gutiérrez y la de elaboración, de crianza de los vinos, ubicada en Maipú. Entre las dos, distantes 3 kilómetros, corre a unos 4 metros de altura, un vinoducto.
Las tierras, en general, son sumamente aptas para el cultivo de la vid. La altura varía entre 800 y 600 metros, lo que es un factor de calidad. El suelo es arenoso-arcilloso, permeable, sin mucho humus. La zona que se extiende hasta la precordillera es la mejor, con sus tierras livianas salpicadas de pedregullo. Tupungato, Lujan, Maipú, Perdriel, Agrelo, las Barrancas, son los mejores distritos. Rivadavia, San Martín, se encuentran ya algo más abajo. Los suelos son más profundos pero en algunos lugares padecen de salinización, muchas veces por culpa de los desagües.
Que Mendoza sea la capital de la vitivinicultura argentina, lo prueban los viñedos que empiezan pegados al límite de las ciudades satélites como Guaymallén y Godoy Cruz; estas bodegas “intra muros” como los de Arizu y de Escorihuela, la presencia también de la dirección del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), de la Bolsa de los vinos; las conversaciones en las terrazas de los cafés en que el vino ocupa el segundo lugar después del fútbol. Realmente, Mendoza vive del vino.









