Hace 17 años, en 1982, Casablanca no era más que un puñado de cerros interrumpiendo a un valle lleno de lecherías y pasto para vacas. En la ruta al balneario de Viña del Mar, desde Santiago, lo que se veía era eso: campo chileno sin otra gracia que el hecho de tener buena leche y queso artesanal, la Cordillera de la Costa a lo lejos y una brisa fría que venía del Océano Pacífico a veces entraba por las ventanas abiertas de tu auto.
Teniendo en cuenta que Viña del Mar es el principal y más cercano balneario que tienen los santiaguinos, que la ruta que une ambas ciudades no es precisamente una gran autopista y que en verano los tacos son normales, la brisa marina era un alivio cuando uno se encontraba allí, atascado pensando en las olas del mar decenas de kilómetros más hacia el oeste. ¿Alguien había relacionado esa brisa con una botella de vino blanco? Nadie. Los chilenos, en 1982, estaban demasiado preocupados con sus crisis económicas y el vino no se concebía como un buen negocio. Nadie, excepto Pablo Morandé.
Morandé, por ese entonces enólogo de Concha y Toro, había visitado dos años antes el Valle del Napa y, al volver a su país, pasar por Casablanca y sentir la brisa, fue inevitable que hiciera comparaciones. ¿Se podría producir vinos allí? Nadie le hizo mucho caso, así es que sacó de sus fondos, compró tierra y cultivó la vid. De esta forma fue descubierta lo que hoy se denomina la gran esperanza chilena en vinos blancos.
Chile, como ustedes saben, ha construido una reputación gracias a sus tintos, en especial a aquellos Cabernets del Valle del Maipo. En blancos el asunto ha mejorado bastante pero aún nadie se atreve a decir que el promedio de los Chardonnays made in Chile se pueda comparar con el promedio cualitativo de sus Cabernets o Merlots.









