Antigua, como la mayoría de las variedades de la vid, la Marsanne se cultiva en el valle del Ródano desde hace siglos. Sin embargo no ha tenido la misma difusión de otras cepas francesas que acapararon el mercado de los varietales blancos. Por eso es comprensible que se la considere como una variedad nueva, que ha tomado notoriedad impulsada por el afán de las bodegas de ofrecer nuevas opciones a los consumidores. En las laderas del Ródano comparte su habitat con la Viognier y la Roussanne, otras dos uvas blancas que también comienzan a despuntar en el panorama de los vinos blancos del mundo. En esa región de Francia es común que las tres integren un corte y no es frecuente encontrarla en su versión varietal. En nuestro país, Reinaldo De Lucca posee un viñedo de una hectárea plantado en 1995 y, en consecuencia, ya maduro para producir fruta que dé vinos de calidad.
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La apuesta a la calidad no pasa solo por el viñedo ya que bodega ha incorporado nueva maquinaria: prensa neumática, despalilladora y estrujadora de última generación, tanques de acero inoxidable y barricas nuevas de roble. También se realizó un trabajo de aislamiento térmico de los techos para mantener la temperatura que requiere la elaboración del vino. Sin embargo, se conserva una antigua prensa de tornillo, accionada a mano porque permite realizar el prensado vertical, considerado por De Lucca, como “excelente”. En lo que se refiere a la comercialización, además de consolidarse en el mercado interno, se ha incrementado la corriente exportadora en número de clientes y volumen.
La bodega De Lucca se conoce por sus muy buenos varietales tintos: Merlot Tannat y Syrah. Con la elaboración del Río Colorado se apartó de esa línea y aportó al mercado un assemblage de gran calidad, cuya versión 2000 fue elegida por la guía Austral Spectator entre los mejores 61 vinos de América del Sur. Al año siguiente no se elaboró porque el clima no permitió alcanzar el nivel de madurez de la fruta que busca la bodega para su vino top. Con la excelente cosecha del año 2002 -producto de un verano seco y luminoso- se retomó la producción de este corte de Tannat, Merlot y Cabernet Sauvignon, cuya composición cambia en cada vendimia según las características de los vinos obtenidos de cada cepa, para mantener la calidad y el estilo.
De color rojo sangre, al moverlo en la copa se ilumina con reflejos rubí y muestra todo su brillo. El aroma es atractivo, delicado, de frutas rojas acidas maduras, moras, discretasnotas de evolución, matices mentolados y de tabaco, de muy buena persistencia. En la boca se muestra seco, de cuerpo medio y elegante, con taninos aterciopelados y una astringencia bien dosificada que se percibe en todo el desarrollo. La acidez, medida pero firme, le aporta brillo en el paladar medio y contrarresta con acierto su buen contenido alcohólico. Así completa un paso de boca sin sobresaltos, en el que se impone la elegancia más que la potencia y la fruta manda con nervio.
Reinaldo De Lucca, antes que bodeguero, prefiere presentarse con el término francés vigneron que significa “el que cultiva la viña”. Esto se debe al lugar de privilegio que le da a la tierra y la uva en la elaboración del vino. El Tano, ingeniero agrónomo, especializado en fisiología vegetal en Estados Unidos, es el más característico de los productores uruguayos. A todo lo que hace o dice le imprime su estilo personal y un toque de misterio, inspirado quizá en el gran parecido que le atribuyen con el escritor uruguayo Mario Benedetti.
De Lucca es nieto de italianos del Piemonte cuya tradición vitícola su padre continuó en el nuevo mundo. Es en honor a él, también llamado Reinaldo, que el camino que conduce a la bodega lleva su nombre. En la actualidad los viñedos abarcan 40 hectáreas en las localidades de El Colorado, Rincón de El Colorado y Cuatro Piedras en un punto neurálgico de la viticultura nacional en el departamento de Canelones.
En 1927, Santos Etcheverry, vasco francés, inauguró una bodega para producir vino y abastecer la zona de Las Piedras. A pesar de disponer de un establecimiento modesto, alcanzó a elaborar 20.000 litros por año. Horacio, uno de los hijos a cargo de la empresa desde 1963, elevó la producción a tres millones de litros anuales y, poco tiempo después compró viñedos en el departamento de San José. La tercera generación de la familia reconvirtió los viñedos, incorporó nueva tecnología e inició la producción de vinos finos. Los tres hermanos, Alejandro, Edgardo y Ana María viven en Las Piedras, a pocos kilómetros del lugar donde se elabora el vino. Ana María se ocupa de los números que en los años de la crisis financiera les dieron más de un dolor de cabeza. Alejandro, enólogo, dirige la bodega y Edgardo reparte su actividad entre la viña y la gestión del comercio exterior.
En el viñedo, el sistema de conducción es la lira. Ambos hermanos enfatizan las ventajas del sistema elegido porque con él se “da respuesta positiva a todas las limitaciones que presenta el clima del país para la producción de vinos finos de alta calidad: exceso de humedad y de días nublados”. Esto significa que las plantas están en mejores condiciones para captar la mayor cantidad de luz y calor a la vez que presentan menor cantidad de problemas sanitarios. En la actualidad los viñedos de Castillo Viejo ocupan 110 hectáreas en la localidad de Villa Rodríguez, San José. Las tierras cultivadas, equidistantes del Río de la Plata y el Santa Lucía, se benefician en verano de noches frescas que les permiten una favorable alternancia de temperatura durante el tiempo de maduración de la uva. Los viñedos reconvertidos se componen de Cabernet Sauvignon, Cabernet Franc, Merlot, Tannat, Sauvignon Blanc, Chardonnay, Viogníer y Gewürz-traminer.
La segunda comenzó en la década de 1970 cuando Juan Carrau Pujol fundó su propia empresa con la finalidad de elaborar sólo vinos de alta calidad. Fue esta una idea temeraria en una época en la que unos pocos soñadores se arriesgaron a afrontar las dificultades productivas de la coyuntura. Con el ánimo de marcar el perfil de excelencia, bautizó el recién creado establecimiento como Vinos Finos Juan Carrau. Los viñedos de la empresa anterior que quedaron en sus manos estaban ubicados en Canelones, en la zona de Las Violetas.
Como eran insuficientes para abastecerse Juan Carrau Pujol concibió otra idea audaz: buscarlos suelos ideales para implantar nuevas vides. Para encontrarlos contó con el auxilio de expertos de la Universidad de Davis, California, quienes eligieron Cerro Chapeu en Rivera, un punto del territorio nacional, alejado de las regiones vitícolas tradicionales. Se trata de una zona quebrada, de buen drenaje por sus terrenos inclinados y con gran porcentaje de arena en su suelo rojizo, capaz de absorber rápidamente el agua de las lluvias veraniegas.
El nombre Carrau está vinculado a la historia del vino nacional desde los años de 1930, cuando Juan Carrau Sust, enólogo catalán, graduado en Vilafranca del Penedés, se trasladó a Uruguay junto con su mujer Catalina Pujol y cinco hijos. Primero fue fundador de las Bodegas Hispano Uruguaya y luego co-fundadorde la bodega Santa Rosa donde aportó sus conocimientos de la tecnología de vinificación y enseñó a elaborar espumosos naturales según el método champenoise, así como otros vinos especiales. En 1949, Juan, uno de sus hijos se hizo cargo muy joven de los negocios familiares y, en 1949, dirigió la Bodega Santa Rosa. En lo que a los vinos concierne fue ésta la primera parte de la saga de esta familia en Uruguay.
En San Juan, los muy buenos vinos finos constituyen una feliz excepción. La zona, por su clima, por las variedades plantadas, conviene para vinos de mesa, aunque no aprecio el gusto a moscatel de la mayoría de sus blancos comunes. Por su alta graduación alcohólica podrían servir para mejorar vinos débiles. Por otra parte mejorarán a medida que desaparezcan las viñas “mezcla”. La zona conviene perfectamente para la elaboración de los vinos especiales para vermouths, cognacs, para la fabricación del jerez y de los vinos licorosos. Conviene también para la producción de uva fresca que, cuando es blanca, se vende siempre bajo la denominación de moscatel aunque no lo sea. Allí, con la Sultanina se fabrican también excelentes pasas. Es realmente una gran región vitivinícola, pujante, fuerte. Va adquiriendo poco a poco la tradición que ayuda a los viticultores y a los bodegueros a conciliar la calidad con las meras preocupaciones comerciales. Te recomendamos ver plantas medicinales para ver los usos medicinales de la uva.
Bolsa certificada.
No es una bodega, ni siquiera una marca, sino una garantía de calidad. Cada año, una bodega, Graffigna, La Esmeralda, otra, entrega a la Bolsa de Comercio de San Juan cierta cantidad de vino que se embotella y la etiqueta lleva la indicación “Bolsa Certificada N° …”
Al ver que me había enamorado del San Ginés 66 y apreciaba el buen vino entre nosotros, con 35 grados a la sombra, apreciaba también la pileta del hotel el maitre, al día siguiente, me destapó una botella de Bolsa certificada N° …, año 68, si recuerdo bien. Era un buen vino pero que no tenía la calidad del San Ginés. Quiso seguir la experiencia y destapó otra “Bolsa Certificada” año 70. Buen vino también, pero nada más. Pusimos término a esta cuenta al revés y yo puse término a mi estada en San Juan.
López Peláez.
Ya que estaba en la mejor zona para la fabricación de los vinos especiales, no podía dejar de visitar la bodega López Peláez que se especializa en la elaboración del Jerez, de la Manzanilla y de los mistelas. Al llegar, cuál fue mi sorpresa al ver una fila de una cuadra de largo, de gente que, con la damajuana en la mano esperaba su turno para comprar vino. Debe ser muy bueno o muy barato, pensé: “No tan barato, pero muy bueno”, me precisó mi guía. Es vino de Pedro Giménez, uva común pero frutada y que sirve de base a casi todos los Jerez argentinos, como la Malbec a los tintos.
Expliqué ya el proceso de fabricación del Jerez. Es el mismo en todas las bodegas. Para la Manzanilla, cuyo color es más claro y contiene un poco
menos de alcohol, el vino permanece menos en las bordalesas y parte del tiempo a la sombra. Jerez y Manzanilla se hacen únicamente con vino de gota. El vino de prensa y de borra se echa al común.
Me quisieron regalar una botella de Jerez “El Decano”. Como lo conozco, prefiero llevarme una botella de Manzanilla “María del Carmen”. Me hará recordar al tiempo pasado en Barcelona donde raramente transcurría un día sin que fuera a tomar un chatito de manzanilla en una taberna del Barrio Chino.










