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Fotos de botellas de vino

A lo largo del tiempo, cada una de las regiones vitivinícolas europeas adoptó un estilo o formato de botella, que identificó a sus vinos. Con el paso de los años, el resto del mundo los fue adoptando. En Burdeos, las líneas se orientaron hacia un diseño enteramente cilindrico, que se interrumpe en la parte superior por hombros pronunciados. La tradición marca que en ella se envasan los vinos elaborados con las cepas que provienen de dicha región: Cabernet Sauvignon, Merlot y Sauvignon Blanc. Esta costumbre se respeta también en el mundo vinícola no europeo. La forma de la botella se justificó, en su momento, por el gran sedimento que los tintos bordeleses formaban con el paso del tiempo. Así, al momento de servir su contenido, luego de una crianza de muchos años, estos hombros impedían que el depósito cayera dentro de la copa. Años más tarde, se desarrolló otra versión de esta botella, más alta, de cuello alargado, que logra una muy atractiva presentación, utilizada en el nuevo mundo para los vinos de mayor calidad.
En Borgoña, la fuerte presencia de los blancos y de tintos poco tánicos, elaborados a base de Pinot Noir, determinaron el uso de un envase más estilizado. La porción cilindrica de la botella se redujo y el angosta-miento rumbo al cuello se suavizó. Los vinos de la región permitían un diseño menos abrupto. Hoy, los varietales de todas partes del mundo elaborados en base a Chardonnay y Pinot Noir, se distinguen por este formato. Desde la región de Champagne, se impuso para los espumosos de todo el mundo una botella muy similar a la de la vecina Borgoña, pero de paredes mucho más gruesas, que le permiten resistir la fuerte presión del gas interior.
Al norte, en Alemania, la absoluta predominancia de los blancos, permitió suavizar un poco más las líneas, para dar paso a una botella alargada y esbelta, conocida como “flauta” o renana, por su región de origen. Otras regiones también desarrollaron sus propios formatos, aunque han tenido menor difusión. Alsacia tiene su variante del tipo flauta, algo más alta. La originaría de Franconía, baja, regordeta y algo achatada, se conoce como la Caramayola o Caramagnola. También las zonas de Jerez y de Oporto desarrollaron sus propios diseños, pero sólo se usan en la comarca de origen.

Tipos de botellas de vino

Las botellas originales.
En la primera mitad del siglo XVII, en las mesas de la nobleza y la burguesía europeas, las jarras de cerámica y de peltre comenzaron a ser sustituidas por botellas de vidrio, recipientes panzones de fondo plano sobre el cual se sostenían erguidos. La moda creciente de usar esos envases traía aparejado un problema: no había dos ¡guales. Esto se debía a que los artesanos, aun los más diestros en el soplado del vidrio, no fabricaban dos botellas idénticas.
Esa disparidad creaba constantes inconvenientes en la comercialización porque el volumen de vino vendido era permanente objeto de discusión. Por este motivo, en 1636, el Parlamento Británico aprobó una ley que prohibía la venta de vino en botellas.
En poco tiempo apareció la moda de poseer botellas personales. De esa manera, las bodegas y los taberneros pudieron volver a vender vino a los poseedores de esos caros recipientes. Sin embargo, no habían terminado los problemas. Como el embotellado debía realizarse en presencia del personal de confianza del noble, que verificaba que se le vendía el volumen de vino convenido, comenzaron a acumularse cientos de botellas de distintos propietarios a la espera de que se cumpliera con el engorroso procedimiento. Muy a menudo, se confundían los recipientes de diferentes propietarios, sobre todo cuando habían sido fabricados por el mismo artesano. Por ese motivo, de las botellas personales se pasó a las botellas personalizadas, marcadas con el sello del propietario. La marca se aplicaba en la “panza” de la botella cuando el vidrio, todavía caliente, era fácil de moldear. Por lo general, el sello consistía en un escudo de armas si el dueño era un noble y, si se trataba de un burgués, en una combinación de iniciales. Además de solucionar un problema práctico, las botellas selladas se convirtieron en una forma más de ostentación.
Muy pronto, las tabernas también mandaron a fabricar sus propios envases individualizados. Era común que, en un descuido de mozos y taberneros, algunos clientes aprovecharan para llevarse las botellas escondidas entre sus ropas. Con la identificación de los envases se buscó desanimar a los casuales ladrones. El modelo tipo de envase, una botella panzona, que a veces contaba con un mango, se mantuvo en circulación, desde 1630 hasta fines del siglo XVII. El museo de Northampton, en Inglaterra, posee la más antigua botella que se conserva intacta; en su sello se leen las iniciales de un burgués desconocido: R.P.M. 1657.

Vino moderno

La botella de vidrio y el tapón de corcho responsables del vino moderno.
El vino, tal como lo conocemos en la actualidad, debe gran parte de sus virtudes a la botella y al corcho. La aparición de estos dos elementos produjo una revolución en su calidad. Michael Edwards, en su libro Vino Tinto: Manual para Sibaritas, fija con precisión la fecha del trascendental cambio: año 1630. Señala también, que los vinos de Burdeos antes de la implantación del tapón de corcho y del cristal, sólo podían comercializarse a granel. Hasta ese momento, vanamente se intentaba conservar los vinos en ánforas o toneles de madera donde pronto perdían sus mejores características. Aunque no se sabe cuál era el sabor de los vinos de una época tan lejana, lo imaginamos muy distinto al actual. En ese pasado, en particular, no pudieron existir los grandes vinos, aquellos que alcanzan su plenitud después de ocho o diez años de embotellados.

Vino embotellado

La permanencia en botella.
Aunque parezca mentira esta es una pregunta compleja. Hace decenas de años que se busca sin éxito una respuesta científicamente comprobada.
Se sabe sin duda que cualquier vino bien elaborado y sin defectos siempre mejora luego de embotellado; por lo menos en los primeros seis meses. Durante cuánto tiempo más puede mejorar en la botella sus características sensoriales depende de cada vino. Habrá los que llegan a su máxima potencia a los dos años y otros que la alcanzan a los diez. La única forma de comprobarlo es tener varias botellas del mismo vino y abrir una cada año para sentir cuando el vino resulta más agradable. Por otro lado, el degustador experimentado puede predecir cuantos años puede sobrevivir un vino y por lo tanto su potencial de guarda. Lo que más se desarrolla en un vino con el tiempo son los aromas, que se vuelven más complejos.
No sólo se conservan los aromas de la variedad o variedades de uva, sino que también aparecen los llamados aromas de crianza o terciarios que se relacionan, por ejemplo, con descriptores tipo: tabaco, frutos secos, chocolate, ahumado, trufa, etcétera. Con respecto al gusto, el paso de los años suaviza algunos ácidos y a los toninos, que pasan a ser más aterciopelados. También se eliminan las aristas que a veces tiene un vino recién embotellado. Los blancos, rosados y tintos de buena calidad siempre podrán lucirse más al paladar del degustador con unos meses de crianza, en botella. Esto es así con la condición de que se guarden a una temperatura fresca y con la botella inclinada.
Bienvenida sea la crianza en botella para los grandes vinos.

Vinos de calidad

Los factores que inciden en la calidad de un vino son muchos. Si nos referimos sólo a los más importantes, podemos decir que la calidad está basada en tres pilares fundamentales. Uno de ellos es la correcta elección del lugar donde será plantada la vid. Se considera el tipo de suelo, su composición mineral, historia geológica, etcétera. Es muy importante determinar el tipo de suelo adecuado a cada variedad, ya que cada una de ellas se adapta a un microclima en particular.
Otro pilar fundamental es el crecimiento equilibrado del viñedo. Si en el vino queremos obtener armonía, equilibrio entre aromas y sabores y coherencia entre los componentes organolépticos, esto se debe ver expresado en el viñedo. Una planta desequilibrada, con muchos racimos y pocas hojas no producirá vinos de alta calidad. Por último, es indispensable una vinificación coherente con la calidad de las uvas. La máxima calidad de un vino se obtiene en el viñedo y, en bodega, el único objetivo será mantener esta calidad en su punto óptimo. Durante la vinificación se debe trabajar según ese principio rector y manejar todos los aspectos técnicos en relación a la calidad de uva y el tipo de vino a producir. La utilización de las mejores prácticas en todas las áreas de la producción contribuyen con su “grano de arena” imprescindible para obtener un Gran Vino.

Barricas para vino

Además del aporte de la madera y de las levaduras, aparece un tercer factor de complejidad al producirse la fermentación maloláctica que adiciona nuevos aromas, mantecosos o lácteos, aunque la acidez disminuya un poco. Tratados de esta manera, los blancos adquieren una mayor capacidad de envejecimiento, gracias a los taninos que les cede el roble.
Por último, dos observaciones respecto a la fermentación en barricas. En primer lugar éstas se deben instalar en una cava climatizada que se mantenga como máximo a 20 °C. La segunda se refiere a las cepas utilizadas porque no todas son apropiadas para este tratamiento. Es el caso de las variedades con aromas florales como Gewürztraminer o Riesling a las que no se recomienda un pasaje por madera.

Barricas de roble

Barricas de roble nuevo: importa la complejidad.
En los últimos años, tal vez como una reacción a los vinos jóvenes, frescos y frutados, se comenzaron a usar en el pais las barricas de roble nuevo para fermentar algunos vinos blancos. Se utilizan principalmente para los elaborados a partir de la cepa Chardonnay, técnica seguida desde hace cientos de años en regiones como Bor-goña, en Francia.
Con este tipo de tratamiento se busca conseguir vinos más complejos a los que la madera les aporta sus aromas y sabores como vainilla, especias, ahumados, etcétera; al mismo tiempo que la frutalidad propia de la cepa queda de alguna manera neutralizada. Pero, además, en procura de mayor complejidad, finalizada la fermentación en la barrica, el vino se deja un tiempo sobre las borras (lias) que se depositan en el fondo una vez completado el proceso. Durante los meses en los que el vino está depositado en las barricas se realiza el batonage. Este procedimiento, que se repite periódicamente, consiste en remover con energía el líquido para que las levaduras muertas asciendan y queden en suspensión. Esto permite que el alcohol vaya disolviendo parte de la membrana epitelial de las levaduras para permitir que se incorporen al vino las proteínas que la forman y enriquecerlo con sus aromas. Además, le proporciona una estructura muy superior a la de otros blancos. Es así que nacen los vinos blancos barre fermented. Componer el adecuado equilibrio aromático entre la frutalidad de la cepa y las especias que aporta el roble, resulta fundamental. La impronta de la madera no debe predominar sobre la fruta, por eso la experiencia y el gusto del enólogo son decisivos para obtener un resultado armónico.

La fermentación alcohólica

Fermentación alcohólica nada de calor.
Con el propósito de no perder los aromas de la cepa, la fermentación de los vinos blancos se produce a muy bajas temperaturas, entre 15 °C y 20 °C. Esto la enlentece, pero resulta vital para que los agradables aromas, frescos y frutados, producidos por las levaduras, se desarrollen y se conserven disueltos en el vino. Si se llevara a cabo a mayor temperatura, estas sustancias de gran volatilidad serían arrastradas por el anhídrido carbónico que se desprende violentamente.
Casi siempre se recomienda que la fermentación se realice en tanques de acero inoxidable, provistos de una camisa refrigerada y un termostato, que se encarga de controlar la temperatura toda vez que ésta franquea la cota superior deseada por el enólogo. De esta manera, la fermentación se prolonga más que las otras y llega a durar de 15 a 20 días. Cuando termina, el vino se separa de sus borras mediante trasiego. Para asegurar el completo desarrollo de esta fase, en general se usan levaduras seleccionadas, porque las naturales se pierden al eliminarse la cascara de la uva y durante el desfangado. La gran mayoría de los vinos blancos nacionales se elaboran de esta manera y así se obtienen de colores tenues, amarillo pajizo pálido, con reflejos verdes, de sabor seco, fresco y frutado, de acidez equilibrada pero firme. Esto último se consigue evitando que se produzca la fermentación maloláctica