Quizá por esta razón, se plantaron en Colonia Caroya, cepas de Tokay pero también luego, de Moscatel, de Torrontés, de Ugni blanc, de Barbera d’Asti, de Pinot tinto y de Freisa. Igualmente, y llegamos al nudo del problema de la Cooperativa, alguien tuvo la peregrina idea de plantar el producto directo que se llama Isabela. Aunque cortado con Freisa, la Isabela da un vino muy perfumado que la Cooperativa llama “vino framboa”. Efectivamente, el vino tiene perfume a frambuesa. Que me perdone el Sr. Bergaña pero probé, por supuesto, el vino framboa y no me gustó, como no me gusta ningún vino de “uva chinche”. Sin embargo una buena parte del éxito comercial de la Cooperativa viene de su vino framboa. Se entiende muy bien que luche para conservar el derecho de cultivar la uva Isabela a pesar de que, en muchos países, se haya prohibido la elaboración y hasta el cultivo de productores directos por considerarlos nocivos para la salud. Así la variedad “Noah”. en Francia, tuvo que ser extirpada porque se la acusaba de ayudar a poblar los asilos de insanos. No sé de qué se acusa a la Isabela. La Cooperativa tiene sobre esta cuestión un expediente de varios kilos en que autoridades químicas y médicas afirman que esta uva, de ninguna manera puede dañar la salud. Hasta ahora, los caroyenses han podido cultivar la Isabela y vender su fino framboa. Pero no dudo que habrán pensado que, en el caso de una grave crisis de superproducción y si se llegara al extremo de obligar a arrancar viñas —lo que ya se produjo—, los primeros viñedos condenados a la desaparición serían los de productores directos.
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Pero cuando, en 1878, llegaron los primeros inmigrantes italianos este antiguo viñedo había casi desaparecido. La producción de vino en Colonia Caroya empezó realmente en 1887 con 17.825 litros para llegar, en 1895, a 3.600 bordalesas. Durante muchos años el cultivo de la vid fue un renglón secundario de la actividad agrícola. 300 productores elaboraban vino con métodos precarios y lo vendían en bordalesas. En 1930, 53 viñateros fundaron la cooperativa y el viñedo caroyense empezó a tomar su aspecto actual. Cada año se extiende más y un programa de perforaciones en curso de ejecución en procura de agua, permitirá una nueva extensión, como me lo explicó el técnico de la bodega, Sr. José Luis Bergagna.
Me explicó que el microclima de Colonia Caroya se asemeja al del noreste de Italia y me mostró, para convencerme, una lindísima foto de un viñedo que bordea la falda de una colina. Al lado se extiende un bosque de abetos y abajo corre un río. No vi la semejanza con la llanura cordobesa y supongo que entendí mal. Lo cierto es que los pobladores de Caroya vinieron de la antigua provincia italiana de Friul, ubicada cerca de la frontera austríaca en el noreste de Italia.
Empiezo por el principio pero no con lo más destacable, ni en cantidad, ni en calidad. En la producción vitivinícola del país, el viñedo cordobés es como un apéndice, un capítulo aparte. Cubre unas 1.600 hectáreas lo que representa el 0,53 por ciento de la superficie total destinada a este fin. Sin embargo, la bodega de la Cooperativa Colonia Caroya se cuenta, por su capacidad, entre las diez más importantes del país.
La vid fue introducida en la provincia por los jesuítas hacia el año 1620. Construyeron la primera bodega y de esta bodega salieron los primeros litros de vino de América que fueron servidos en la Corte del Rey de España. Se decía de ellos que eran del tipo “lagrimillo”, que seria vino de gota. Los jesuítas llegaron a fabricar botijas y botijones para la conservación del vino que producían y plantaron 48.000 cepas. Lo recuerda el muy interesante folleto que publicó la Cooperativa Caroya.
1. Máquina para realizar el corte en las plantas. / 2. Portainjertos e injerto ya preparados. 3. Unión de ambos tallos. / 4.Vendaje. / 5. Injerto exitoso. / 6. Manojo de injertos.
En consecuencia, hoy, cuando un viticultor realiza una compra de plantas de vid, debe comunicar en el vivero no sólo la variedad que quiere comprar, sino también el tipo de portainjerto que más le conviene. Estos se eligen en función de su capacidad de adaptación a suelos y climas. Por ejemplo, si el viñedo se implanta en un suelo fértil, que le daría a la planta un gran desarrollo vegetativo pero frutos de menor calidad, se utilizará un pie que le reste vigor. En cambio una región donde el problema sea el exceso de lluvias obligará a los viticultores a utilizar portainjertos resistentes a la humedad.
El viticultor que le proporcionó la cepa a Pascual Harriague fue Juan Jáuregui, argentino de Concordia, apodado Lorda. Jáuregui rodeó de misterio el nombre original de la cepa con la que compartió el apodo y hay quienes piensan que también alimentó las diferentes historias conocidas acerca de su procedencia. La Lorda o Harriague no es otra que la cepa francesa Tannat, proveniente de Iruleguy, en los Bajos Pirineos. También en Francia, en los Bajos Pirineos, pero en la localidad de Hasparen nació Pascual Harriague en 1819. De origen campesino, formó parte del primer gran contingente de inmigrantes vascos que arribó a Uruguay en los años ’30. Cuando llegó, en 1838, el joven superaba en diez años la edad del país que lo recibía. Apoyado por sus paisanos comenzó una vida de trabajo y empresa en la que la vitivinicultura fue culminación y complemento de gran variedad de actividades. Se había iniciado como peón en los saladeros del Cerro y llegó a ser dueño de su propio establecimiento La Caballada, en Salto.
La uva a la que aludía el inspector y que se había difundido en tierras salterias durante aquel período de auge de la vitivinicultura llevaba el nombre de Pascual Harriague, inmigrante vasco francés que había muerto en abril de ese mismo año en París. El fue quien logró, luego de numerosos intentos frustrados de producir buen vino con otras variedades, adaptar la uva Lorda en su establecimiento de La Caballada, que fue luego bautizada Harriague y también llamada Arriaga por deformaciones del término sufridas en la transmisión oral.
PASCUAL HARRIAGUE
Con la mira en la exportación. Los primeros premios internacionales.
“La variedad por excelencia para los agricultores del Salto es el Harriague Tinto que predomina en todas partes y es exclusivo en muchos lugares, su rusticidad, su producción abundante, la clase de vino que se puede obtener según se dirijan las fermentaciones para producir unas veces vinos comunes de mucho cuerpo, color subido y sabor agradable sumamente apetecido en el consumo general, y otras veces vinos de color menos intenso, transparentes y aromáticos, que parecen anunciarle un puesto entre los vinos superiores” Así informaba el Inspector de Viticultura Teodoro Alvarez, con fecha 19 de diciembre de 1894.
Produccion de vino, el mismo Vidiella tuvo una visión de futuro con respecto a su labor de la cual dio testimonio su hijo Federico Rómulo Vidiella:”(…) cuando se consideraba poco menos que locura su insistencia en hacer viticultura nacional en gran escala, entonces se retemplaba a si mismo diciendo: Algún día se me hará justicia…! Además, yo que vine a este país sin nada, quiero retribuir de alguna manera a la tierra de mis hijos, todo el bien que de ella recibí!”
La actividad agricola.
Estas tres bellezas campesinas, 4110 custodian los cajones colmados de gruesos racimos, dicen en la serena estatuarla gracia de su actitud, de la sencilla giandeza de la obra cumplida por donFrancisco Vidiella. Contemplándola, en la gloria plena de su Juventud, se comprenden y justifican las miradas de algún •Baco», que debe andar atisbandolas. desde los vecinos parrales …
La producción de vinos había crecido y en el viñedo se contaban 94 cepas de diferentes regiones de España, Italia, Francia en su mayoría, pero también de Alemania, Chile, Argentina, Portugal y Estados Unidos. En 1916 el enólogo italiano A.N. Galanti registraba en su libro que la Granja Vidiella tenía una extensión de 36 hectáreas y 112.000 cepas plantadas, con predominio de las variedades Harriague o Tannat y Vidiella. Reconocía en ella el fruto de “un noble ejemplo de lo que puede la perseverancia guiada por el estudio y la inteligencia”









