Nervioso: vino que tiene bastante cuerpo, alcohol, acidez, para mantenerse mucho tiempo en el mismo grado de calidad.
Potente: mucho cuerpo y mucho alcohol.
Raza: de buena raza, se dice de los vinos de cierta denominación que conservan durante muchos años, y hasta generaciones, sus excelentes cualidades.
Redondo: lleno, carnoso, agradable, suave.
Sabroso: agradablemente frutado.
Seco: que no contiene azúcar. Pero, además, para un blanco es una calidad; el vino es agradable, “calienta” la lengua”, excita el sistema nervioso. Para un tinto, un vino seco, gusto azucarado aparte, no es bastante aterciopelado. Ciertos vinos se vuelven demasiado secos durante el añejamiento.
Suave: produce una impresión de suavidad, de armonía.
Teja (color a): lindo color para un rosado. Para un tinto viejo significa que se descolora y pierde sus cualidades.
Terruño (gusto a): gusto que da la composición del terreno en que crece la viña. Excepcional en Argentina.
Tierno: fácil de beber, “gouleyant”. Lo contrario de duro.
Verde: defecto cuando el vino es demasiado astringente, porque procede de uva inmadura. Calidad cuando se trata de un vino blanco nuevo que contiene una proporción equilibrada de acidez.
Vinoso, iñnosidad: que tiene fuerza, alcohol, a veces en perjuicio de la fineza. En general, calidad de un buen tinto.
Vivaz: que impresiona vivamente las papilas, que tiene nervio.
Llego al final de mi vocabulario y no traduje todas las palabras indicadas por Raymond Dumay. ¿A ver? Empleé 50 palabras en lugar de 97. Prácticamente la mitad. Las otras me parecían muy difíciles de traducir o algo rebuscadas. Por ejemplo “queue de paon”, “cola de pavo real” que se dice para un vino muy fino cuyo “aroma”, como irisado, se desarrolla en la boca como una cola de pavo real y permanece a veces más de un minuto. ¿No le decía que el lenguaje del vino es bastante sofisticado? Pero también lleno de imaginación. Cada uno lo puede enriquecer a su gusto. No hay límite para calificar lo lindo y lo bueno.
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El historiador Osear Mourat’, considera que Francisco Vidiella en Montevideo y Pascual Harriague en Salto apuntaron a competir con los vinos importados, aunque se diferenciaron desde el inicio. ‘Mientras Vidiella centra su apuesta productiva en la conquista del mercado nacional, Harriague, saladerista que produce para el mercado internacional, apuntará más lejos al jugarse por una variedad excéntrica de la competencia de los mercados”. Se refiere a la Tannat.
Vidiella fue el primero que consiguió adaptar una cepa europea al clima del país y tiempo después lo hizo Harriague con una variedad que le proporcionaron en Concordia, Argentina.
Producción de vino:
Cuando se comenzó a plantar viña con el propósito de vinificar en gran escala, la principal competencia la presentaban los vinos de Burdeos y los catalanes en segundo lugar, por esa razón las uvas elegidas fueron las francesas Cabernet y Sauternes y las españolas Moscatel y Malvasía. A mediados de los años 1870. De la revista de la Asociación Rural, Año X – Tomo X N° 6, de 1881 Pascual Harriague estableció su viñedo en el establecimiento de La Caballada de San Antonio Chico, en Salto, y Francisco Vidiella el suyo en Montevideo en un predio en las inmediaciones del barrio de Colón.
Produccion de vinos:
Además de las motivaciones personales, culturales y hasta emotivas que impulsaron los emprendimientos pioneros hubo, sin duda, razones comerciales que influyeron en este desarrollo. Entre ellas se cuentan las dificultades para conservar la calidad de los vinos en los largos trayectos por barco, así como el incremento del consumo del vino en Europa a nivel popular.
Producción de vino nacional: la influencia de los inmigrantes.
Después de Buenos Aires e Inglaterra, el mercado de Montevideo es la plaza del mundo que consume más vinos á la Francia, y más especialmente los de Burdeos. Así se expresaba Adolfo Vaillant en Viena en 1873. A comienzos de la década de 1870 el gusto por el vino y el hábito de consumo de los inmigrantes se atendía principalmente con la importación de vinos de mesa franceses, provenientes, sobre todo de Burdeos. Estos alcanzaban al 50% del total, en tanto los de procedencia española el 25%, manejado ma-yoritahamente por el comercio catalán.
Tenían en común un espíritu innovador, práctica empresaria y una gran tenacidad. Entre ellos, A. N. Galanti destaca a cuatro: Pascual Harriague, Francisco Vidiella, Pablo Varzi y Domingo Portal, de quien se dispone de escasa información. Si bien no fueron los únicos, existe entre los estudiosos un consenso de que estos cuatro viticultores marcaron un antes y un después en la producción vitivinícola de esa época, en la que se alcanzó un esplendor que por diversas razones no se sostuvo.
La elaboracion del vino.
Al principio fueron algunos pocos los que realizaron tan importante esfuerzo a nivel privado: la introducción y prueba de cepas con el objetivo de conseguir una uva de buen color, con buen nivel de azúcar y que fermentara adecuadamente. Para obtener ese resultado era indispensable que esa cepa se adaptara al suelo y clima del país. Entre los hombres que en aquella época fueron tentados por el en canto de la vid y del olivo ya sus contemporáneos distinguieron a algunos con el titulo de “pioneros”.
El primer impulso: la viña como empresa.
Desde el tiempo en que Pérez Castellano plantó sus parras en Montevideo, transcurrió un siglo hasta que otros agricultores, principalmente inmigrantes, consiguieran cultivar con éxito uva de calidad apta para ser vinificada. A partir de 1860, y en contraste con aquellas experiencias de plantaciones en pequeñas superficies para el consumo doméstico y elaboración de vinos con resultados poco satisfactorios, se comenzó a cultivar la vid en gran escala.
En las primeras décadas del siglo XIX, tanto en el tiempo de la lucha por la independencia, como durante el proceso de consolidación del Estado, fueron excepcionales los períodos de paz propicios para el desarrollo de la agricultura. Existen documentos sobre la existencia de algunos viñedos como el de Bella Vista, de propiedad de Gibernau quien elaboró sus primeros vinos en 1834 los que fueron servidos a Manuel Oribe en la toma de mando de su segunda presidencia, el 10 de mayo del año siguiente.










