La guarda de los tintos.
La complejidad olfativa del vino se desarrolla por la formación de nuevas sustancias olorosas provenientes de la combinación de ácidos y alcoholes, por la evolución de la madera y por el envejecimiento de los tani-nos, responsable de la mayoría de las transforma-clones de los tintos en botella. La modificaciones que sufren los taninos explican los cambios en el color, que van desde los tonos violáceos hacia los rojos anaranjados, la desaparición de la astringencia de los vinos jóvenes y en parte la aparición del bouquet en los vinos viejos.
Los taninos, que son duros, astringentes y ásperos cuando jóvenes, con el tiempo se suavizan, se toman sedosos, suaves. Estas sustancias tienen la capacidad de coagular las proteínas en la saliva y quitarle el poder de lubricación. Por esa razón, los vinos tánicos producen una sensación de sequedad dentro de la boca, que se siente áspera y rugosa. Durante el envejecimiento, los taninos se polimerízan, las pequeñas moléculas se combinan formando otras de mayor volumen que ya no interactúan con la saliva de la misma forma. Asi, los vinos añejos aparecen aterciopelados y más disfrutables.
Pero no todos los tintos tienen el mismo potencial de crianza. Los llamados vinos tintos ‘jóvenes” o “nuevos”, elaborados con una corta maceración y con un período breve o nulo de pasaje por madera, deben consumirse en su primer o segundo año de vida. En general sus taninos ya se muestran suaves al salir al mercado y deben su mayor atractivo a los aromas frutados, que sin el sostén tánico suficiente, se secan rápidamente. Sólo envejecen bien aquellos tintos con alto contenido de tanino, buena acidez y ricos en aromas varietales.
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Los taninos del roble.
Existe una opinión generalizada de que el roble aporta una importante cantidad de taninos al vino. Por el contrarío, está comprobado que cede muy pocos, aunque esa pequeña cantidad no deja de ser significativa, porque son taninos de un carácter más evolucionado que contribuyen de manera importante a dotar de longevidad, tanto a los vinos tintos como a los blancos de crianza. El roble nuevo tiene una virtud adicional: ayuda a fijar y hacer más estable el color del vino.
Para fabricar barricas se han utilizado otras maderas como las de castaño, fresno, acacia y cerezo, materiales nobles que, sin embargo, carecen de la variedad de compuestos aromáticos que se concentran en el roble. Además, la mayoría de estas maderas son de taninos agresivos, duros y dan al vino ciertas notas vegetales.
En el hemisferio norte, existen grandes bosques de robles que, para obtener un rendimiento aceptable, se talan cuando superan los 100 años. De las distintas especies existentes la tonelería utiliza sobre todo dos: el de origen norteamericano y el predominante en Francia. Ambas maderas se diferencian por sus características y por el efecto que tienen sobre el vino. Las distintas condiciones climáticas hacen que los árboles difieran en su composición fisicoquímica. En el momento de encargar las barricas, una de las características que toma en cuenta el bodeguero es la del grano o porosidad del material. En Francia, los árboles son de crecimiento más lento que en Estados Unidos, por lo que el tronco es más compacto y la madera más fina. El roble americano es de crecimiento rápido y su madera es de un grano más grueso. Estas características también inciden en la práctica, ya que una porosidad más abierta entrega los compuestos aromáticos en forma más rápida y agresiva. El roble francés tiene un grano más apretado y fino, con lo cual su aporte resulta más suave y elegante. Muchas veces el enólogo decide recurrir a una combinación de ambos para aprovechar sus especiales características.
El uso del roble en la crianza de los vinos tintos.
Cuando los romanos llegaron a las Galias, se asombraron al ver como allí se modelaba la madera. Los galos como los celtas, grandes bebedores de cerveza, utilizaban barriles de roble para guardarla. Estos recipientes resultaban fáciles de construir y transportar y, además, impedían que la bebida se congelara durante el invierno. Los romanos trasladaban el vino para las tropas y los colonos desde Grecia o la península itálica, envasado en las ánforas romanas que eran pesadas y frágiles. La barrica construida por los bárbaros sedujo a los romanos, porque además de ser elástica y resistente, se la podía hacer rodar con agilidad por su forma ovoide lo que facilitaba el acarreo. Hasta fines del siglo XIX los barriles fueron el mejor envase para el transporte de vinos. Para la guarda, en cambio, se fabricaron toneles cada vez más grandes, destinados al añe-jamientode los tintos.
En la segunda mitad del siglo XX, con la aparición del acero inoxidable y los revestimientos de plástico para las piletas de mampostería, los grandes toneles cayeron en desuso. Las barricas sin embargo, que nunca se dejaron de lado para la crianza de los grandes vinos de Burdeos y Borgoña, comenzaron a tener un protagonismo mayor con la aparición en la escena vitivinícola de Emile Peynaud y J. Ribéreau Gayón. Los dos franceses, químicos prestigiosos dedicados a la investigación en la Universidad de Burdeos, contribuyeron a un mayor conocimiento de la aplicación del roble nuevo en la bodega. Del otro lado del Atlántico, en la Universidad de Davis, California, también se investigaba la forma de mejorar las técnicas de manejo de las barricas que permitieran obtener la máxima calidad de los vinos finos. Así hoy, el uso de las pequeñas barricas de roble se ha transformado en un procedimiento imprescindible para la elaboración de un gran vino, debido a las reacciones que se procesan en su interior durante el estacionamiento.
La bodega tiene una producción muy diversificada. Ciertas marcas son muy difundidas:
Colón Cabernet y borgoña (tintos finos).
Se elaboran en proporción un poco diferente con algo de Cabernet, Verdot y Malbec. Graduación alcohólica de 12,5° a 13°; acidez, 4,80 gramos por litro. Es un vino de buen cuerpo, buen bou-quet. Se estaciona un promedio de cinco años antes de pasar a la venta.
Una vez cosechada, la fruta debe ser transportada a la bodega con extremo cuidado para impedir que se rompa y comience a desarrollar espontáneamente el proceso de fermentación. Si esto sucediera, la calidad final del vino se vería afectada, porque se incorporarían sabores desagradables. En el transporte se utilizan recipientes de poca capacidad para preservar los racimos porque, cuando se hace a granel, el propio peso de la carga rompe las uvas, que ya llegan deterioradas a destino y en el comienzo de una perniciosa oxidación.
Conviene subrayar que la fermentación adecuada es la anaeróbica, es decir, al amparo del aire. Una vez en la bodega, los racimos pasan por una máquina descobajadora o despalilladora que separa el grano del escobajo (sostén leñoso) y lo aparta, para que no se mezcle con el mosto. Si sucediera eso, el vino adquiriría aromas y sabores desagradables (herbáceos) y sobre todo una astringencia excesiva que la crianza no suaviza. A continuación comienza la rotura de los granos que pasan por una estrujadora que permite liberar el jugo. El enólogo puede incidir en el resultado final regulando la intensidad con que se estruja el grano. Con una molienda suave, que rompa apenas la cascara de la fruta, se obtienen productos más amables, menos astringentes, para cumplir con la tendencia actual en la elaboración de vinos finos. Después de que se cumplen estas dos operaciones, despalillado y estrujado (o molienda) el mosto compuesto por el hollejo, pulpas y semillas se transporta a las piletas para permitirle fermentar. Si desear ver más información sobre las plantas o semillas de las uvas visita plantas medicinales .
Vino tinto.
La captura del color y los taninos.
Las uvas blancas se diferencian de las tintas por los antocianos que les dan a éstas su color oscuro. Estos pigmentos pasan al vino y generan la diferencia entre tintos, rosados y blancos. Se entiende entonces que una de las operaciones fundamentales en la elaboración del vino tinto es la transferencia del color; lograr que los pigmentos de la piel de las uvas pasen al vino. Es una operación necesaria ‘anto para la elaboración de vinos jóvenes para consumir dentro del año, como para obtener vinos destinados a la crianza.
Por otra parte, cuando un vino se elabora con el propósito de tener una larga vida se hace necesario extraer de los hollejos no sólo el color, sino también los taninos que le darán su longevidad. Estos compuestos, que en el vino nuevo son astringentes y ásperos, madurarán durante la crianza y perderán su agresividad en forma paulatina.
EL VIÑEDO ARGENTINO.
Salvo pocas excepciones, el viñedo argentino, que cubre una superficie de 315.000 hectáreas, se extiende a lo largo de la Precordillera de los Andes, de norte a sur, desde la provincia de Salta hasta el valle del Río Negro, es decir aproximadamente desde el paralelo 25 hasta el paralelo 38. Con todos los matices y los microclimas que se pueden presentar en tal distancia, las condiciones ecológicas no varían fundamentalmente. Los inviernos presentan días y sobre todo noches frías, los veranos son cálidos, por supuesto, más al norte que al sur. El cielo está luminoso la mayoría de los días del año. La altitud varía de 800 a 400 metros, término medio. Caen de 150 a 300 milímetros de lluvias anuales. La humedad ambiental es mínima. Se trata, pues, de un clima semiárido. El suelo es de naturaleza arenosa-arcillosa con una buena proporción de arena, a veces de pedregullo, poco humus.









