Cuando las cosas hay que hacerlas, se hacen o las hace. No importa si se trata de la cosecha de la uva, el diseño de las etiquetas de los vinos o la instalación de su nueva bodega Stagnari. En la quizás inútil polémica acerca de si en un buen vino pesa la alcurnia sobre la técnica, él asimila tradición a pasión, porque no recuerda su vida fuera de la viña y no le preocupa perderse la playa en el verano, porque es el momento de la uva y la vendimia.
Sus estadías en California y Burdeos le permitieron encontrar las razones que le faltaban para definir la senda de un proyecto familiar: elaborar con calidad un vino de estilo propío. En eso pone tanta pasión que no suele frecuentar la vida social de enófilos y bodegueros. En las relaciones públicas y la comercialización está su esposa, Virginia Moreira, activa y entusiasta. La base de su planteo consistió en buscar la mejor ubicación para sus vides. Esta decisión lo llevó a separar los viñedos de cepas blancas de los de las tintas, ya que su comportamiento botánico es diferente.









