“A gran señor, gran honor”. Giol ya no es la bodega más importante de la Argentina a pesar de su capacidad de 750.000 hectolitros. Pero es la bodega provincial que regulariza el precio de la uva. En este sentido su papel es primordial. La bodega-madre, ubicada en el distrito de Maipú se compone, en realidad, de dos bodegas, la bodega de expedición situada en General Gutiérrez y la de elaboración, de crianza de los vinos, ubicada en Maipú. Entre las dos, distantes 3 kilómetros, corre a unos 4 metros de altura, un vinoducto.
Blog Archives
Las tierras, en general, son sumamente aptas para el cultivo de la vid. La altura varía entre 800 y 600 metros, lo que es un factor de calidad. El suelo es arenoso-arcilloso, permeable, sin mucho humus. La zona que se extiende hasta la precordillera es la mejor, con sus tierras livianas salpicadas de pedregullo. Tupungato, Lujan, Maipú, Perdriel, Agrelo, las Barrancas, son los mejores distritos. Rivadavia, San Martín, se encuentran ya algo más abajo. Los suelos son más profundos pero en algunos lugares padecen de salinización, muchas veces por culpa de los desagües.
Que Mendoza sea la capital de la vitivinicultura argentina, lo prueban los viñedos que empiezan pegados al límite de las ciudades satélites como Guaymallén y Godoy Cruz; estas bodegas “intra muros” como los de Arizu y de Escorihuela, la presencia también de la dirección del Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV), de la Bolsa de los vinos; las conversaciones en las terrazas de los cafés en que el vino ocupa el segundo lugar después del fútbol. Realmente, Mendoza vive del vino.
Vinos de Mendoza.
Mendoza, en materia de vinos argentinos es la enésima potencia, la capital de la vitivinicultura argentina. No ha sido, como ya lo dije, la primera provincia donde se plantó la vid, pero a partir de la época, a fines del siglo XIX, en que empezó el verdadero desarrollo del viñedo, fue la provincia en que se expandió más rápidamente. Una fuerte corriente de inmigración italiana en la región de Mendoza y una buena corriente de inmigrantes franceses en la de San Rafael, contribuyeron a esta expansión rápida de la vitivinicultura. Desde el punto de vista agrícola, la provincia se divide en dos partes: la parte norte, donde está Mendoza y que se extiende por la cuenca del río Mendoza; la parte sur, con San Rafael, Villa Atuel, General Alvear abarca las cuencas de los ríos Diamante y Atuel.
Entre las dos se extiende una pampa, otrora desértica, pero que se estrecha cada año un poco más merced al alargamiento de los canales de riego y a las perforaciones de pozos. Toda la provincia goza de un clima menos caluroso que el de San Juan. La diferencia de temperatura ya es notable, pero lo es mucho más la diferencia entre el número de días soleados de cada provincia. Mientras en San Juan el cielo, salvo los escasos días de lluvia o de tormenta, permanece totalmente despejado, en Mendoza y en San Rafael, aunque llueva poco el cielo permanece cubierto muchos más días durante el año.
En Paso Cuello, los Toscanini cuentan con sus viñedos más preciados. Están situados a un par de kilómetros de la bodega, en una zona elevada y de suelos pobres que tienen en este caso la virtud de no incentivar el desarrollo vigoroso de las plantas. De allí provienen las uvas Chardonnay que dan origen a este varietal. La parcela, que ya cuenta con ocho años, ha llegado a una edad ideal para brindar frutos de gran calidad. Sobre el final de la maduración, se degustan repetidas veces las uvas para decidir el momento óptimo de cosecha. Después de un suave estrujado en prensa neumática se realiza la maceración pelicular para lograr más cuerpo y mejorar el volumen en boca.
En un segundo paso por la prensa se extrae sólo parte del jugo, 55%, que se decanta en frío con el fin de aprontarlo para agregar las levaduras que producirán la fermentación en barricas nuevas de roble francés. Por espacio de 15 días fermenta lentamente. Luego descansa unos 14 meses, en los que sucesivos batonages lo ayudan a incrementar su cuerpo y a enriquecerlo con los aromas de las levaduras. Al final se envasa, después de un suave filtrado que no afecta ni su estructura ni su potencia aromática. El vino recién sale al mercado después de ocho meses de crianza en botella. El Adagio Cantabile blanco sólo se elabora en años de cosechas excepcionales y aptas para producirlo.
Durante gran parte del siglo XX la bodega elaboró vino de mesa que comercializó con gran éxito. En los años de 1980 Luis Toscanini consideró que los cambios que ocurrían en el país y la región lo obligaban a darle un giro a la producción del establecimiento. Sus hermanos no lo acompañaron en ese nuevo camino que él recorrió junto a sus hijos Nelson, Jorge y Pedro Toscanini. Jorge recuerda aquellos tiempos de decisiones en los que empezaron a conversar con el viejo. La visita del técnico francés Denis Boubal había llamado la atención de los vitívinicultores acerca del atraso de la industria. Otro de los fundamentos para iniciar los cambios fue la posibilidad de que se importaran vinos de mesa argentinos con los que sería imposible competir en precio.
Los Toscanini dieron el primer paso, la reconversión del viñedo con capital propio. Sobre todo plantaron Moscatel y Ugni Blanc. La Tannat, Merlot y demás cepas llegaron después. El segundo paso fue dotar a la bodega de la tecnología necesaria para la elaboración de vinos de calidad un cambio en el que recibieron apoyo financiero. La búsqueda de clientes para la colocación de los productos también fue un proceso porque, en los tiempos en que los hermanos Toscanini acompañaban a su padre a Montevideo para repartir su mercadería, los consumidores uruguayos no eran demasiado exigentes.
El Adagio tiene la tonalidad roja, intensa y brillante, de los tintos que estabilizaron bien su color durante la permanencia en barricas. Al principio algo tímido en su expresión olfativa, hay que darle un tiempo para que comience a expresarse. Al hacerlo despliega un bouquet fino, elegante y persistente, con una combinación casi ideal de fruta y especias -menta y estragón- sobre un fondo integrador que proviene del roble. En el frutado se percibe la incidencia de las variedades de Burdeos, que predominan sobre la Tannat siempre más austera. En boca es seco y con una delicada astringencia, la que dejan los taninos que maduraron en la planta.
Así el resultado es una estructura más que convincente y con una agradable fragancia que se repite y ratifica. Fresco y vibrante, su acidez está en el punto ideal para un vino que resulta muy equilibrado. Es un vino que evoluciona muy bien y desarrolla un agradable bouquet, lo cual lo posiciona entre los grandes tintos de corte del país. Conviene servirlo en copa grande, para disfrutar a plenitud su grata fragancia, cuidando que no supere los 18 °C. Para acompañar platos elaborados en base a carnes que hagan honor a su complejidad.
Después de casi dos décadas de elaborar sus varietales con mucho esmero, los Toscanini decidieron en el año 2000, encarar la producción del primer gran tinto de corte. Para hacerlo se basaron en sus viñedos de Paso Cuello, que cuentan con un suelo franco arcilloso-calcáreo, con buena permeabilidad y donde cosechan sus mejores uvas tintas. Tres variedades, Cabernet Franc, Merlot y Tannat, participan en la elaboración del Adagio Espressivo, pero cada una se vinifica por separado. Antes de cada vendimia se hace un seguimiento estricto en base a degustaciones continuas, en espera de su madurez ideal.
Una vez que la fruta llega a la bodega, se macera en frío por cuatro días y se procede a descobajarla y a estrujar con suavidad, sólo el 75% de las bayas. El resto de las uvas se procesan enteras, para obtener de esta forma una mayor complejidad aromática. La fermentación alcohólica transcurre entre 28 °C y 30 °C, con pequeños remontajes que aseguran la necesaria extracción de color, taninos y aromas. La fermentación maloláctica es espontánea y, una vez terminada o completada, cada vino es criado durante 15 meses en barricas nuevas de roble francés.
La relación de la familia Toscanini con el campo uruguayo se remonta al siglo XIX cuando Giovanni Toscanini y su esposa María Bianchi llegaron desde Genova. Instalada en Canelón Chico, la pareja de inmigrantes se dedicó al trabajo rural en una parcela arrendada que más adelante compró. La vinculación con el vino comenzó en 1908, año en el que Giovanni elaboró 4.200 litros con la marca La Fuente. Después de un siglo y cuatro generaciones los nietos de Giovanni, hijos de Luis Toscanini, y los bisnietos, no renuncian a las ventajas del em-prendimiento familiar pero se adaptan a los tiempos actuales. Hoy la empresa es una sociedad anónima en la que la familia es propietaria del 100 por ciento de las acciones, la página web se puede leer en cuatro idiomas y avanzan en su propósito de exportar vinos finos, en especial tintos, hacia países de la región y a Europa, así como a Estados Unidos, Australia y Japón.
Una elaboración tradicional en tanques de acero inoxidable le permite a la bodega obtener un vino de color amarillo pajizo, con bordes incoloros y buen brillo, que se mueve en la copa con parsimonia. Su aroma se anuncia impetuoso, fresco, con neto predominio de notas cítricas, en el que destaca la piel de naranja. Sin embargo, a medida que el vino respira pasan a primer plano las notas florales características de la variedad. En la boca, contrariamente a lo que podría esperarse, no destaca por su acidez, sino por su amabilidad; es untuoso, casi cremoso, tal vez debido a unas décimas de azúcar residual. Después de una entrada suave, se desarrolla en forma armónica, sin sobresaltos, mostrando su buen volumen y, ahora sí, llenando el paladar con notas florales de rosa y malvón, que se imponen claramente por sobre los matices cítricos. En el final sigue mostrando equilibrio y armonía y los aromas retronasales de flores y especias le dan una larga permanencia. Es sin duda un vino muy bien logrado y fácil de beber.









