Bodegas de uruguay.
Transcurridos 20 años de aquel diagnóstico, el mismo profesor Boubals citaba el proceso de reconversión uruguayo como modélico en foros internacionales de la importancia de la Organización Internacional de la Uva y el Vino (OIV). El informe Boubals fue el puntapié inicial de un proceso de modernización del sector aunque algunas empresas, consideradas pioneras del siglo XX, habían comenzado a realizar cambios por propia iniciativa.
En 1974. Dante Irurtia importó 10.000 plantinesde Cabernet Sauvignon que ya tenían una procedencia clonal y libre de virus, plantándolos en cuatro hectáreas de su propiedad. Juan Carrau puso en marcha, en 1976, su proyecto de formación de una bodega especializada en vinos finos e inició el cultivo de cepas nuevas en Cerro Chapeu. Por su parte, en 1977 la bodega Faraut comenzó en la zona de Carpintería el vivero madre de cepas finas, que años más tarde sería el proveedor de muchos de sus colegas. A ellos se sumaron luego otros productores que también innovaron. Y si es difícil describir en detalle protagonistas y circunstancias de aquellas transformaciones, lo cierto es que con dudas, asumiendo riesgos, viticultores y bodegueros conformaron un movimiento que terminó por dinamizar a todo el sector. El futuro era incierto pero apostaron a los cambios porque vislumbraron que la producción de calidad podría darles la estabilidad que carecían.
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Esta idea de marketing parece seguir vigente cuando las bodegas uruguayas tienden a coincidir en la idea de que Uruguay, país poco conocido, se presente en ferias y mercados internacionales con un vino “insignia” que no es otro que el Tannat, elaborado con la misma cepa, la Harriague del siglo XIX.
La aparición de la filoxera en los viñedos fue la última dificultad que afrontó Pascual Harriague antes de su muerte en Francia en 1894 donde se había trasladado buscando aliviar su enfermedad.
Portada de la publicación Antología del Vino, de Bodegas Vidiella en obras de esta naturaleza. Seis años de dudas e incertidumbre ha tenido que cruzar el señor Vidiella, luchando constantemente contra las dificultades que a cada instante la inexperiencia oponía a su marcha, hoy, por fin un buen éxito ha coronado sus trabajos y con fundado orgullo ha podido ofrecer a sus numerosas relaciones una muestra del vino nacional cuya calidad es irreprochable…” Francisco Vidiella nació en Montroig, provincia de Tarragona, España, en 1820. Llegó a Salto, Uruguay, cuando era un muchacho, tiempo después del exilio de su padre por causa de la guerra carlista, en la década de 1830. Si bien los Vidiella eran de una familia de viticultores del Priorato, zona vitícola catalana por excelencia, Francisco dedicó gran parte de su vida al comercio antes de volcarse también a la explotación de la vid. Sin dinero propio, se vinculó a la próspera colonia de inmigrantes catalanes y comenzó como habilitado en la actividad comercial independiente apoyado con capital de su padre y de un barraquero.





