La lluvia veraniega, sobre todo en época de cosecha “diluye” la uva, pues las raices absorben demasiada agua que aumenta el volumen de los granos en forma desmedida. El resultado será un fruto insípido, de menor concentración de aromas y sabores y con bajo potencial alcohólico. Sin embargo, un viñedo al que se le entresacaron los racimos soporta mejor un mal verano que el que tiene demasiada carga. El raleo y la buena poda ayudan a contrarrestar la escasez de sol y la superabundancia de agua.
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La uva esencia del vino.
El grano de uva está formado por la piel u hollejo, la pulpa y las semillas. La pulpa es la parte más importante pues contiene los azúcares que, al ser fermentados por las levaduras, se convertirán en alcohol y darán nacimiento al vino. La pulpa, compuesta en su mayor parte por agua (800 gramos por litro) y azúcares (180 gramos por litro), contiene además los ácidos tartárico, mélico y cítrico que llegan a sumar 10 gramos por litro. La proporción en que se presente cada uno de esos componentes tendrá influencia sobre el producto final.
Para poder utilizarlo, se planta uva criolla que así aumenta cada vez más el rendimiento en perjuicio de la calidad. Cuando la calidad es lo que puede salvar al viñedo argentino de la superproducción. Otro rasgo particular del viñedo argentino es su uniformidad en la implantación de los cepajes. Cada viñedo europeo elabora sus vinos en base a una variedad exclusiva o casi exclusiva, excepto en la zona del Burdeos donde se mezclan dos, o a lo sumo, tres variedades.



