Casi todos los vinos finos argentinos pasan 13 grados de alcohol. Pocos se conforman con 12,7° y prácticamente ninguno con 12. Varios, sobre todo en los blancos, llegan a 14. Para mí, es una exageración. Admito muy bien los 16 grados del Jerez pero un vino blanco, rosado o tinto para tomar con la comida, no debería nunca sobrepasar los 13 grados. Más allá, el vino se pone pesado.
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En la Argentina, en tiempos de la colonia, se empleaban estos dos recipientes que tenían el grave inconveniente de desmerecer el gusto del vino pues era necesario embadurnar sus paredes interiores para impedir las pérdidas.
En Cafayate se ven todavía antiguas ánforas. Me dijeron allá que los españoles ponían en el ánfora un jamón serrano. La grasa se separaba del jamón y flotaba en la superficie aislando el vino del aire. El jamón debía resultar suculento.
Toda la franja que se extiende al pie y al este de la Precordillera es semiárida. Las lluvias alcanzan apenas a 250 milímetros por año. “Lo que molesta aquí me decía un día el ingeniero agrónomo Contardi, es la lluvia”. Y es muy cierto. El riego nace de los ríos. Ellos mismos nacen de las nieves y de los glaciares de la Cordillera. No tienen nada que ver con las lluvias que caen en mayor cantidad durante el verano. Demasiadas veces en lugar de lluvia, caen gra nizadas que han arruinado más de una cosecha.
Como lo recuerda existieron en la Argentina tres corrientes colonizadoras.
Una corriente vino directamente de España y colonizó el río de La Plata (1536), pero se desplazó luego a Asunción del Paraguay (1541) donde los colonos plantaron viñas. Eti 1573 se elaboraron en Asunción 6.000 arrobas de vino que equivalían aproximadamente a 75.000 litros.



