El uso del roble en la crianza de los vinos tintos.
Cuando los romanos llegaron a las Galias, se asombraron al ver como allí se modelaba la madera. Los galos como los celtas, grandes bebedores de cerveza, utilizaban barriles de roble para guardarla. Estos recipientes resultaban fáciles de construir y transportar y, además, impedían que la bebida se congelara durante el invierno. Los romanos trasladaban el vino para las tropas y los colonos desde Grecia o la península itálica, envasado en las ánforas romanas que eran pesadas y frágiles. La barrica construida por los bárbaros sedujo a los romanos, porque además de ser elástica y resistente, se la podía hacer rodar con agilidad por su forma ovoide lo que facilitaba el acarreo. Hasta fines del siglo XIX los barriles fueron el mejor envase para el transporte de vinos. Para la guarda, en cambio, se fabricaron toneles cada vez más grandes, destinados al añe-jamientode los tintos.
En la segunda mitad del siglo XX, con la aparición del acero inoxidable y los revestimientos de plástico para las piletas de mampostería, los grandes toneles cayeron en desuso. Las barricas sin embargo, que nunca se dejaron de lado para la crianza de los grandes vinos de Burdeos y Borgoña, comenzaron a tener un protagonismo mayor con la aparición en la escena vitivinícola de Emile Peynaud y J. Ribéreau Gayón. Los dos franceses, químicos prestigiosos dedicados a la investigación en la Universidad de Burdeos, contribuyeron a un mayor conocimiento de la aplicación del roble nuevo en la bodega. Del otro lado del Atlántico, en la Universidad de Davis, California, también se investigaba la forma de mejorar las técnicas de manejo de las barricas que permitieran obtener la máxima calidad de los vinos finos. Así hoy, el uso de las pequeñas barricas de roble se ha transformado en un procedimiento imprescindible para la elaboración de un gran vino, debido a las reacciones que se procesan en su interior durante el estacionamiento.
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Una vez cosechada, la fruta debe ser transportada a la bodega con extremo cuidado para impedir que se rompa y comience a desarrollar espontáneamente el proceso de fermentación. Si esto sucediera, la calidad final del vino se vería afectada, porque se incorporarían sabores desagradables. En el transporte se utilizan recipientes de poca capacidad para preservar los racimos porque, cuando se hace a granel, el propio peso de la carga rompe las uvas, que ya llegan deterioradas a destino y en el comienzo de una perniciosa oxidación.
Conviene subrayar que la fermentación adecuada es la anaeróbica, es decir, al amparo del aire. Una vez en la bodega, los racimos pasan por una máquina descobajadora o despalilladora que separa el grano del escobajo (sostén leñoso) y lo aparta, para que no se mezcle con el mosto. Si sucediera eso, el vino adquiriría aromas y sabores desagradables (herbáceos) y sobre todo una astringencia excesiva que la crianza no suaviza. A continuación comienza la rotura de los granos que pasan por una estrujadora que permite liberar el jugo. El enólogo puede incidir en el resultado final regulando la intensidad con que se estruja el grano. Con una molienda suave, que rompa apenas la cascara de la fruta, se obtienen productos más amables, menos astringentes, para cumplir con la tendencia actual en la elaboración de vinos finos. Después de que se cumplen estas dos operaciones, despalillado y estrujado (o molienda) el mosto compuesto por el hollejo, pulpas y semillas se transporta a las piletas para permitirle fermentar. Si desear ver más información sobre las plantas o semillas de las uvas visita plantas medicinales .

